I
En la orilla hago mi mayor esfuerzo por tomarme un vaso de cerveza michelada enorme coronado con gomitas, jícama, pepino y un montón de salsa Valentina. Estoy temblando de frío porque acabo de salir del agua y lo único que se me ocurre es combatirlo con algo más frío.
Le doy traguitos mientras veo un pequeño cuadrado en la mitad del mar. Parece un pixel amarillo sobre una infinidad azul. Una plataforma flotante que tiene una escalerita, una banca y un ranchito (me gusta más la palabra “palapa”). Tan minimalista que parece un render, un sueño borroso o esos paisajes extraños que la gente hace con inteligencia artificial.
La-palapa flota estática sobre el agua calmada de Guerrero, de fondo, unas montañas casi borradas por la brisa del mar, el humo, el polvo o todo junto. Un bloque de olvido que disuelve todo a su paso y parece acercarse hacia nosotros. Miro con los ojos fijos como si fuera una cámara de fuelle, igual que la de Don Ramón, que necesita de varios minutos para poder fijar una imagen en mi mente para siempre. Pero me conozco, no puedo depender solo de mi memoria.
Saqué el teléfono y tomé una foto rápido y de inmediato empecé a susurrar el principio de María Bonita como si fuera una plegaria: Acuérdate de Acapulco.
II
Esta es mi última mañana en Guerrero. Pasé varios días fotografiando proyectos comunitarios en los ejidos, recorriendo la sierra en cuadraciclo por caminos llenos de polvo.
Viajábamos de día porque era más seguro, por pueblos y bosques de pinos, paisajes secos y de vez en cuando uno que otro maizal. María, que manejaba y me llevaba por todos los ejidos señaló un cerro con maíz seco. Me dijo que antes por estas fechas los campos se floreaban por completo cuando estaban plantados de amapola.
Los pueblos estaban casi vacíos, con casas abandonadas por gente que se iba y no volvía más. Quienes se quedaron siguieron haciendo su vida y buscando motivos para celebrar.
Una de las últimas noches en las que podía descansar, María me invitó a una procesión dedicada a San José, el patrono de su pueblo. Caminamos por las calles de tierra a oscuras, rezando con un tazón lleno de confites, naranjas, bananos y jícamas como ofrenda para el santo.
Más allá de esa pausa de fe trabajamos hasta el último minuto, por eso las muchachas que se encargaron de toda la logística de mi viaje me trajeron bien temprano a la playa. El mismo día que regreso a Costa Rica.
III
Hace muchos años escuchaba a toda hora el disco Mujer Divina de Natalia Lafourcade en los parlantes de mi compu. Cuando sonó María Bonita, Ma se acercó a cantarla con la alegría de la versión original, la de Agustín Lara.
Pienso que Natalia había transmitido mucho mejor el espíritu de la letra: una súplica para que un recuerdo no se esfume cantado con una voz suave, dulce y dolorosa.
“A su abuela le gustaba mucho Agustín Lara”, dijo Ma. En ese momento abuelita tenía más o menos diez años de fallecida y la idea de que a nosotros tres nos atravesara una misma canción me pareció milagroso.
No pensé más en eso hasta este momento frente al mar. Un escalofrío se me escurre por el cuerpo por tres razones: el recuerdo repentino de que Ma también murió hace más de 10 años, este vaso de michelada que no da se da por vencido, otra canción sobre este lugar que no recordaba.
En aquellos años todavía no era común que adultos mayores tuvieran teléfonos inteligentes o redes sociales. Por eso hay fotos de Ma pero no hay ningún audio y de los pocos videos que recuerdo, sé que hay uno en el que está cantando karaoke. Algo raro en Ma porque era bastante tímida.
En el video, que era de pésima calidad, Ma sale moviéndose despacito de un lado a otro mientras espera que empiece la canción. Amor eterno de Juan Gabriel. Yo sé que la cantó pensando en su mamá, así como Juanga la compuso pensando en la suya después de que murió.
“El más triste recuerdo de Acapulco”.
IV
Me pregunto cómo hace esa palapa para no escaparse flotando hacia la inmensidad azul de la nada misma, si está amarrada con mecates del fondo, si está anclada para siempre.
Aunque me encantaría, no puedo romantizar este lugar. Me duele pensar que el Acapulco del cual cantaron Ma y abuela Tina no tiene nada que ver con esto.
Agustín y Juan Gabriel podrían haber cantado sobre cualquier otro pueblito en el camino y me daría lo mismo. Un pueblo con nombre bien mexicano de los que uno juega a decir bien en voz alta al primer intento: Cacalutla, Zacualpan, Tetitlán, Tenexpa.
Pero ellos cantaron sobre Acapulco. Me aferro a la canción como me aferro a este lugar en medio de la nada, a esta sombra donde puedo recordarlas por un rato. Me aferro a este pequeño refugio donde sobreviven canciones, para que no se pierdan entre la niebla, el humo, la brisa, el polvo o todo junto.